Yo me quedo aquí, en mi hacienda cordobesa, donde no puedes pisar la calle de diez de la mañana a ocho de la tarde por miedo al achicharre; donde todos son amables con ese salero que caracteriza a los andaluces; donde nunca buscas pero siempre encuentras y donde todo va con retraso, el bus, el tren, el de los congelados, el del aire acondicionado, la de la limpieza, la cajera, el tiempo, la moda…
Aquí todo es diferente a Barcelona. Aquí no hay fiestas glamurosas a las siete de la tarde con Möet, canapés y gente fashion. Aquí hay tascas y terrazas a reventar de gente, tinto de verano (Valgas =Valdepeñas +Gaseosa) y calor, mucho calor. Aquí la gente es muy clásica, clásica tirando a tradicional de la España profunda. Salir a pasear es como ir de domingo, todos arreglados, a punto para entrar en misa y muy repeinados, eso sí: con generosa sonrisa en los labios.
Las calles en verano son fantasmagóricas a lo tierno, nadie se atreve a pisarlas a no ser que una urgencia se presente inevitable. Los gitanillos son los únicos listos y valientes que se atreven a apaliar esa insoportable sensación de cocción, asaltando las fuentes de las rotondas, allí hay montados auténticos parques acuáticos (Me extraña que no cobren entrada).
Las noches, en cambio, son una gozada. Podrías cerrar los ojos y adivinar exactamente lo que sucede a tu alrededor. Los murmullos, las risas y el topar de las copas con las mesas son la banda sonora de las noches, cada una de ellas con gracia genuina.
Yo no me quiero ir, quiero quedarme aquí y conocer gente, gente, gente, gente…
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Colección Vintage Me by Severe photo. |

