domingo, 22 de abril de 2012

César y su Creación Actoral

Cesar era un chico normal que estudiaba interpretación. A decir verdad muy normal no era. Tenía más gracia que nadie, era ingenioso y siempre tenía una réplica perfecta para todo. El chico se llevaba bien con todo el mundo y además era muy atractivo. Tenía el porte de un señorito andaluz, una cara guapa y unos ojos verdess que combinaban a la perfección con su tupé castaño oscuro.

César llevaba el teatro en las venas y siempre había querido ser actor, sin embargo, no fue hasta entrar en esa escuela cuando descubrió que actuar iba a ser algo más que poner caras. Junto a sus compañeros, aprendió que el actor tiene que sostener en escena, que hay que trabajar duro y ensayar circunstancias previas y relaciones entre personajes; que hay mucho trabajo sensorial; que la imaginación es imprescindible y, que el cuerpo y la voz son el instrumento principal de un interprete. César tenía muchas preguntas en mente siempre que salía al escenario; solía trabajar muy bien y seguro de sí mismo.

Un día como otro cualquiera César salió a mostrar un ejercicio. Su cometido en escena era entrar mostrando en su cuerpo una situación previa que, obviamente no había ocurrido pero, teníamos que detectar los espectadores. Poco imaginaba César al preparar ese ejercicio que iba a resultar un momento crucial en su vida. La profesora quiso ayudar al chico a entrar en una situación previa aún más interesante de crear para el posterior ejercicio; le propuso crear el momento justo en el que conocía a una chica muy especial. Cesar tenía entonces que imaginar y crear a una chica que no existía delante de él, una chica que le gustase mucho mucho y que le impidiese abandonar el bar (imaginario) en el que estaba. Era su momento y decidió sembrarse. César puso delante de sí el ser más bello que podía imaginar. La creó de la nada, poco a poco, fijándose en cada detalle, parándose en cada músculo, en cada poro de su nívea piel, en cada pliegue de su sedosa ropa. Le puso la mirada más linda, la sonrisa más dulce, la boca más deseable y el pelo más reluciente que jamás pudo soñar. La dotó de movimientos de bailarina y de voz de sirena. Lo que menos le costó crear fue su olor. Olía a galletas de canela y a caramelo.
Nunca había visto algo igual. Todo era perfecto. Allí estaba ella, mirándole, sonriéndole y acercándose. Creó una conversación sencilla; no necesitaba más. Había sido amor a primera vista y ya no había vuelta atrás.



Aquella escena acabó, la clase acabó y aquel actor regresó a su casa como de costumbre; pero ya nada volvería a ser igual: Había conocido a la mujer de su vida.
Pasaba el tiempo y César no podía pensar en otra cosa que en ella, no lograba sacársela de la cabeza y volvía cada noche al día en que la conoció, a aquella sala de teatro donde la creó por primera vez. Ya ninguna mujer le convencía, no podía hacer más que compararlas con ella. Un día, se dio cuenta de que ella en realidad era él creándola y que, si una vez la vio realmente allí, podría volver a verla tantas veces como él quisiera. César inició un entrenamiento de actor excelente que le despegó de la realidad. Cada día al despertar creaba a su amada y, en un ejercicio de continuidad imaginativa, hacía que ella le acompañase todo el día. Al principio callaba ante la aparición de terceros en su escena, pero él seguía imaginando. El trabajo se hizo tan rutinario que un día, a César, ya no le hizo falta crear más. Traspasó. Había conseguido verla siempre allí donde él mirase, aquel ángel que un día le encontró, en medio de un aula fría y desolada, y le dio la vida.

Si, César se volvió loco, pero fue feliz para siempre acompañado de su otro yo, un yo que sacó de tan adentro que ya nunca jamás pudo despegarse de él.


Historia basada en un hecho real. Gracias a César Cadaval por inspirarme.
Fotografía del corto "The Last of the Nights" de Luís Galán, playa de Barbate, Cádiz.

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