jueves, 25 de julio de 2013

Ambos

Ambos nos reconocimos al tiempo por nuestro hedor a rechazo y abandono. Mirábamos a través del mismo prisma cegador, ese que impide fijar la mirada y solo retrocede en el tiempo y lo filtra todo para que parezca que aquello fue de color de rosa. 
Cada uno sabía que el otro estaba perdido. Hablábamos del pasado y nos escuchábamos muy atentamente, sin opinar nunca, solo nos compadecíamos de nuestros actos, de la mala suerte y de los golpes del destino. Era como hablar con el espejo. 
Nos mirábamos con pena y esperanza, al fin y al cabo nos veíamos reflejados en la tristeza del otro, y sólo viendo avanzar a uno podía hacer que el otro moviera ficha. Nos respetamos demasiado. Nunca hablamos de lo que había entre nosotros, a pesar de tanta terapia no estaba permitido salir del pozo. No avanzábamos. 
Empezó a ser demasiado insoportable aguantar el dolor y sumarle el del otro, y ver como matábamos algo que aún no había nacido. Decidimos hacernos los ciegos y vivir en nuestra oscuridad, separados, soñando despiertos una pesadilla demasiado conocida. Decidimos separarnos. 
Nunca se habló claro de nosotros porque nunca hubo un nosotros más allá de aquellas tardes de cafés y noches de té árabe. Supongo que todo lo que nos privaba del sueño era lo único que nos mantuvo unidos tanto tiempo, tiempo que no hicimos nada, tiempo que dedicamos a palabrear sobre otros, tiempo que no nos perteneció ni nos pertenece, tiempo vacío, tiempo perdido. Tiempo que recuperaría para decirte tantas cosas que ya nunca te diré, porque estás perdido como yo, porque no serviría de nada, porque ya no importa, ni importó nunca y tiempo que volvería a perder intentando averiguar la manera de decirte que me enamoré de ti desenamorándome de otro.




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