jueves, 2 de enero de 2014

“UN DÍA ME DESPIDIERON DE MI TRABAJO”


Un día me despidieron de mi trabajo. Mi jefe argumentó que estaban realizando reducción en plantilla, pero a la semana siguiente, ya me habían sustituido a mi y a mi compañera. Las personas que me habían sustituido no tenían mayor experiencia que yo ni destacaban en nada que yo no destacase. Después de meses de trabajo y aprendizaje me reemplazaron forzando un despido improcedente.  Yo me considero una trabajadora profesional, contaba con el apoyo de los clientes habituales del restaurante. Me lo había ganado. Incluso muchas de aquellas personas que conocí como clientes hoy en día forman parte de mi entorno.



El resumen objetivo de la situación es el siguiente: la empresa cuenta con un trabajador, el cual ha invertido tiempo en desarrollar sus capacidades dentro del modelo de negocio en el que se desenvuelve su actividad, de modo que el trabajador llega a ser un profesional formado para contribuir al crecimiento de su negocio. Cuando esa persona empieza a resultar válida y eficiente,  su nivel de confianza con las tareas aumenta y deja de necesitar espacio para aprender lo básico. Logra un nuevo espacio. Es el momento de la reflexión creativa. Es cuando, apoyado en lo que conoce, aparece la posibilidad de buscar mejoras que beneficien a su trabajo y, por lo tanto, a la empresa. Pues, ese momento tan importante en la vida laboral de un trabajador en la empresa pocas veces llega a darse; y puedo ponerme como ejemplo puesto que he trabajado en 3 empresas distintas en dos años y lo máximo que me han permitido estar han sido 6 meses. Justo cuando la persona está preparada para aportar una calidad de trabajo realmente interesante para la prosperidad del negocio, el ciclo se interrumpe.

Ésta es la tónica de muchas de las empresas de hoy en día, que lejos de tomar como valor añadido la experiencia de las personas y su tiempo en la empresa, optan por poner el ojo, única y exclusivamente, en el beneficio económico, poco creativo, que proporcionan los contratos de corta duración. En este nuevo período de crisis ha aumentado los tipos de contrato de duración determinada, llegando ocupar hasta el 92% del total de los contratos creados en España en 2012. Pero la creación de contratos de trabajo temporales ya se puso en boga el los 80. Desde entonces se ha establecido esta corriente que busca unos costes muy bajos, o nulos, al despedir a un trabajador con poco tiempo en la empresa y, además, evitar las altas indemnizaciones por despido.

Total, que la estrategia es ahorrar en costes y sacrificar el crecimiento sostenible del negocio y de la persona.

Si, todos sabéis de lo que hablo. Hablo de entrar a un trabajo y salir por la misma puerta sin haberlo a penas disfrutado. Y es que un trabajo se puede disfrutar, porque un trabajo sirve para algo mas que para ganar dinero. Pero para eso hace falta tiempo, un tiempo de adaptación. Las empresas deberían ofrecer una sensación de estabilidad al trabajador que le permita coger impulso para avanzar con paso firme, pero sobre todo pasos creativos que nos conduzcan a la excelencia, tanto laboral como personal. 


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